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CURSOS CASTELLANO
NIVEL 1

Me llamo Fatou. Tengo 29 años. Soy de Ziguinchor, una ciudad del sur de Senegal. Llevo dieciséis meses viviendo en Soria y cada día pienso en las diferencias entre los dos lugares.
Lo primero que noté fue el tamaño y el ambiente. Ziguinchor no es tan grande como Soria, pero en mi barrio había tanta vida que me parecía enorme. Las calles estaban siempre llenas de gente, música y color. Los niños jugaban fuera hasta tarde. Los vecinos se saludaban en la puerta. Aquí, las calles son más ordenadas y más silenciosas. Al principio, ese silencio me parecía muy raro. Ahora, a veces me gusta. Me ayuda a concentrarme y a descansar.
La comida también es muy diferente. En Senegal, cocinar es una actividad de toda la familia. Mi madre, mis tías y mis hermanas cocinamos juntas cada día. Hacemos platos con arroz, pescado, verduras y muchas especias. La comida es tan importante como la conversación: mientras cocinamos, hablamos, reímos y nos contamos el día. Aquí, en Soria, cocino sola. Los ingredientes son diferentes. No siempre encuentro las especias que necesito. Hay menos variedad de productos africanos que en los mercados de mi ciudad. He aprendido a adaptar algunas recetas, pero el sabor nunca es exactamente igual. Echo de menos ese momento en la cocina con mi familia.
Una cosa muy importante en mi vida es el Ramadán. En Senegal, el Ramadán es mucho más visible que aquí. Las mezquitas están llenas de gente. Las familias se reúnen cada tarde para romper el ayuno juntas. Los mercados están más animados que en otros meses: hay más luz, más conversación y más alegría en las calles. Todo el barrio participa. Aquí, en Soria, el Ramadán es más íntimo y más tranquilo. Al principio lo eché mucho de menos. Pero poco a poco encontré mi comunidad. Ahora rompo el ayuno con otras mujeres de mi clase de español y con algunas vecinas. Es diferente, pero también es especial. He aprendido que las tradiciones pueden vivirse de maneras distintas.
Hay días difíciles. Días en los que el idioma es más complicado que otros días, en los que los trámites son menos fáciles de entender, en los que echo de menos a mi familia más que nunca. Pero también hay días buenos. Días en los que entiendo una conversación entera en español, en los que una vecina me sonríe en el ascensor, en los que siento que este sitio también es un poco mío.
Sé que estoy aquí para construir algo nuevo, y eso me da fuerzas. Echo de menos a mi familia, mi lengua y mis costumbres. Pero también entiendo que si quiero una vida mejor, tengo que esforzarme. Aprendo español todos los días. Respeto las costumbres de aquí. Y poco a poco, Soria se está convirtiendo en mi segundo hogar.

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