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CURSOS CASTELLANO
NIVEL 1

Me llamo Ibrahim. Tengo 28 años y soy de Guinea-Conakry. Llevo dos años en Soria y estudio español en Itaka-Escolapios tres días a la semana. La semana pasada conseguí mi primer trabajo en España: trabajo de limpiador en un hotel en la plaza del Olivo. Cuando me lo dijeron, me puse muy contento. Pero también pensé: ¿voy a saber hacerlo bien? ¿Voy a ser suficientemente rápido? Esa noche no dormí muy bien.
En Guinea, en casa de mis padres, siempre ayudaba a limpiar. Mi madre me enseñó a barrer bien, a fregar el suelo con la fregona y a limpiar el baño. Me decía siempre: una casa limpia es una casa feliz. También me enseñó que hay que usar guantes con los productos fuertes, que hay que ventilar la habitación cuando limpias con amoniaco y que nunca hay que mezclar productos de limpieza. Yo lo hacía sin pensar mucho, porque era parte de la rutina de la familia.
Aquí, en mi piso de Soria, intento hacer lo mismo. Vivo con dos compañeros y entre los tres nos repartimos las tareas. Todos los días barro la cocina y recojo la basura. Los lunes friego el suelo con la fregona y el cubo. Los miércoles paso la aspiradora por el salón y los dormitorios. Los jueves quito el polvo de los muebles con la bayeta. Y cada semana limpio el baño con lejía y guantes. No es difícil si lo haces con orden y con regularidad. Si esperas demasiado, todo se acumula y es mucho más trabajo.
El primer día en el hotel, la supervisora se llamaba Rosa. Era una mujer mayor, muy seria pero también muy clara. Me explicó el trabajo con paciencia: hay que limpiar ocho habitaciones por turno. En cada habitación hay que hacer la cama, pasar la aspiradora, quitar el polvo de todos los muebles con la bayeta y limpiar el baño completo con lejía. También me explicó dónde están los productos, cómo se organiza el carro de limpieza y qué hay que hacer si falta algún material.
Yo conocía todos esos verbos. Sabía cómo usar la fregona, el recogedor y la bayeta. Sabía que hay que trabajar con orden: primero el baño, después los muebles, después el suelo. Eso lo hago en casa cada semana. Rosa me preguntó si tenía experiencia en limpieza profesional. Le dije la verdad: no en hoteles, pero sí en casa, desde pequeño. Ella me miró un momento y luego sonrió. Me dijo: eso es suficiente para empezar. Lo que aprendes en casa vale mucho.
Las primeras habitaciones me costaron un poco más de tiempo del que me habían dicho. Pero al final del turno ya iba más rápido. Rosa vino a ver mi trabajo en la última habitación. Revisó el baño, los muebles y el suelo. Luego me dijo que estaba contenta: todo limpio, todo en orden.
Llegué a casa cansado, con los brazos un poco doloridos. Pero estaba muy feliz. Me senté en la cocina, bebí un vaso de agua y pensé en lo que había pasado. Ese día entendí algo importante: cuidar bien mi casa me ha preparado para cuidar bien mi trabajo. Limpiar en casa no es solo una obligación. Es también una forma de aprender. Y lo que aprendes en casa, nadie te lo puede quitar.